Habla para que yo te conozca.
Habla para que yo te conozca.
La palabra es libre; la acción muda; la obediencia ciega.
Lloramos al nacer porque venimos a este inmenso escenario de dementes.
El que elige mal para sí, elige mal para el prójimo.
Hay mucha gente que cuando ha de hacer algo, hace algo; aunque no sea exactamente lo que ha de hacer.
Hasta donde hemos perdido la creencia, hemos perdido la razón. Ambos tienen la misma condición autoritaria y primaria. Ambas constituyen métodos de prueba que, a su vez, no admiten ser probados. Y en el acto de aniquilar la idea de la autoridad divina, damos al traste con aquella autoridad humana de que no podemos dispensarnos ni aún para decir que dos y dos son cuatro.
Hace más ruido un sólo hombre gritando que cien mil que están callados.
Un hombre y una mujer son hasta tal punto la misma cosa que casi no se entiende la cantidad de distinciones y de razonamientos sutiles de los cuales se nutre la sociedad sobre este argumento.
Como a nadie se le puede forzar para que crea, a nadie se le puede forzar para que no crea.
Así es el hombre, ese gran y verdadero anfibio cuya naturaleza puede vivir en mundos heterogéneos y separados.